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Mujeres creadoras

Publicado el 7 de marzo de 2017

Mujeres creadoras

Coincidiendo con la celebración del Día Internacional de la Mujer (8 de marzo) hemos querido publicar este post para dar a conocer la obra de algunas de las artistas mujeres representadas en las colecciones del Museo de Bellas Artes de Asturias.

En la colección permanente del Museo figuran aproximadamente unas 100 creadoras (ya sabéis que se trata de una colección abierta a la que se incorporan periódicamente nuevos nombres y obras). La mayor parte de ellas son artistas asturianas que vivieron en los siglos XIX a XXI, aunque también podemos encontrar destacados nombres del panorama español e internacional, como por ejemplo Sofonisba Anguissola, Angelica Kauffmann, María Blanchard y Carmen Laffón, así como otras artistas que se incorporarán en breve plazo de tiempo gracias a la Donación Plácido Arango Arias, como es el caso de la escultora Cristina Iglesias.

En la actualidad está expuesta al público una selección de 19 obras de 17 artistas mujeres, repartidas entre los tres edificios del Museo del siguiente modo: Isabel Cuadrado, Ana Cristina Leite, Pilar Ortega, Sofonisba Anguissola, Angelica Kauffman, Francisca Meléndez y Berthe Girardet se muestran en el Palacio de Velarde; en la Casa de Oviedo-Portal encontramos a Carolina del Castillo mientras que, ya en la Ampliación, se puede contemplar la obra de María Blanchard, María Jesús Rodríguez, Reyes Díaz, Consuelo Vallina, Amparo Cores, María Álvarez Morán, Kely, Soledad Córdoba y Chechu Álava. Hoy hablaremos sobre 3 de las obras expuestas, deteniéndonos en una artista por época y edificio y comenzado por:

Angelica Kauffmann (Coire, Suiza, 1741-Roma, 1807) es una pintora neoclásica que, a pesar de haber tenido un importante éxito en vida, cayó en el olvido tras su muerte. Angelica tuvo una vida apasionante. Comenzó a pintar de muy joven y viajó por media Europa, conociendo y colaborando con personajes como el pintor Joshua Reynolds, el escultor Antonio Canova o el escritor Johann Wolfgang von Goethe, entre otros muchos. En la sala 4 del Museo de Bellas Artes de Asturias se puede ver su obra San José con el Niño, un óleo sobre lienzo pintado en Roma en 1796. Heredera de los tipos de Murillo, la obra representa a San José como padre nutricio de Jesús. Ambos personajes están dotados de una enorme gracia y ternura. San José se inclina ligeramente hacia el Niño, al que ofrece unos frutos en un platillo con su mano izquierda mientras rodea por la espalda a su hijo, protegiéndole, con la derecha. Por su parte, el Niño agarra los frutos mientras dirige su mirada directamente hacia el espectador. La obra estuvo vinculada a la capilla de San José, en el puerto asturiano de Lastres, y debió de haber sido adquirida por Juan Antonio Suárez Victorero y Robledo (Lastres, 1774-1857), caballero de la Orden de San Juan de Jerusalén, viajero por América y Europa y escritor.
Kauffmann San José con el niño
Ya en el siglo XIX nació Carolina del Castillo (Gijón, 1867-1933), pintora asturiana a la que encontramos representada en la Casa de Oviedo-Portal a través de dos obras: Retrato femenino, sobre el que ya hablamos en una entrada anterior, y Camino del Llosón (Jove), un óleo sobre cartón pintado hacia 1921. Como la mayoría de los paisajes que pintó, este también se inspira en los alrededores de su finca en Jove, cerca de Gijón. Son normalmente notas tomadas del natural, que realiza en poco tiempo y en las que los empastes se acumulan en la parte central de la composición, dejando en ocasiones sin cubrir los bordes. La luz es el valor principal que rige esta composición, dominada, por otra parte, por el camino, que se ve rodeado de una viva vegetación.
Camino del Llosón Carolina del Castillo
Cierra la entrada de hoy una de las autoras asturianas jóvenes más internacionales: Chechu Álava (Piedras Blancas, 1973), representada en la sala 27 de la Ampliación con su cuadro Blonde, de 2008. Muy similar a otras obras suyas como Parisienne y Retrato azul, en este óleo vemos como una adolescente, de aspecto casi espectral, emerge desnuda en el centro de una estancia deshabitada. Su inconfundible técnica, que genera figuras desenfocadas, es sin embargo lenta y depurada, en la que aplica la pintura capa a capa. Además, en obras como las tres mencionadas se encuentra una reminiscencia del Simbolismo que, en su densidad atmosférica, sitúa la obra a medio camino entre lo fantasmagórico y lo ensoñador. El personaje femenino que, desnudo, mira directamente al espectador, conecta de hecho con lo mejor de esa sensualidad mórbida y un tanto enfermiza de la que hizo gala, a finales del siglo XIX, aquel estilo.
Chechu Álava Blonde

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