Corriendo por la playa. Valencia

Corriendo por la playa. Valencia

Joaquín Sorolla (Valencia, 1863-Cercedilla, Madrid, 1923)

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Fecha de ejecución:

1908

Técnica:

Óleo sobre lienzo

Medidas:

90 x 166,5 cm

Procedencia:

Colección Pedro Masaveu

Durante el verano de 1908, en que se instaló junto con su familia en la playa de Valencia, Joaquín Sorolla (Valencia, 1863-Cercedilla, Madrid, 1923) realizó algunas de sus más hermosas escenas de playa, protagonizadas por niños y jóvenes a la orilla del mar, todos ellos dentro de un ambiente de sana y radiante felicidad que la crítica de la época vinculó a una voluntad de exaltar el carácter mediterráneo de la costa levantina en relación al esplendor cultural de su pasado grecolatino.

Reconocido pintor de instantáneas al aire libre, el artista era consciente de que las cosas llegan a nuestros ojos no con su forma propia perfectamente definida, sino alterada por el ambiente y la luminosidad en la que se hallan sumergidas. Por eso su lucha artística consistió, como refiere su biógrafo Rafael Doménech, en unir la forma con la luz desdoblada en incesantes coloraciones.

Esto se aprecia por ejemplo en el lienzo luminista Corriendo por la playa. Valencia, un cuadro de composición equilibrada y armónica lleno de luz y movimiento. Está protagonizado por tres figuras infantiles de tamaño monumental que corren en primer término, a la orilla de la playa, en trepidante carrera, mientras otras cuatro se bañan y juegan en el agua, en segundo término. El cuerpo desnudo del niño y las dos niñas protagonistas, con sus amplias batas blancas y rosadas, se recortan y contrastan cromáticamente sobre el mar, que se desarrolla eliminando toda referencia al horizonte para colmar la parte superior del lienzo con el azul profundo del agua, en contraste también con la franja inferior de arena, seca y bañada por el agua, que da la nota de equilibrio y estatismo a la composición.

La supresión del horizonte permite al pintor hacer más patente el protagonismo de estas tres figuras, al tiempo que facilita el contraste de colores complementarios (entre las vivas carnaciones anaranjadas y la yuxtaposición de la arena con los resplandecientes azules del agua). El mar, de colorido intenso, está pintado con amplias y estrechas pinceladas horizontales de distintas gamas de azul intenso, violetas e incluso de ocres (ecos éstos últimos de la arena de la playa), que se distribuyen nerviosamente sobre un fondo de preparación azul claro, en un recurso que le permite plasmar el bullicioso movimiento del agua. En cuanto a los cuerpos y ropas de los niños están trazados con mano rápida y gesto vivo, aunque sintético, que expresa fielmente la fugacidad de los movimientos; con una amplia gama de colores integrados en el blanco y rosa de las batas, emulando multitud de reflejos; y con un toque de pincel empastado y preciso para construir los brillos de la piel húmeda de los muchachos. Además, y para reforzar el efecto de potente luz solar que transmite el cuadro, Sorolla utiliza como recurso el gesto de la mano de uno de los niños que está en el mar, con el que se protege del deslumbramiento de un sol cegador, gesto que ya había utilizado en uno de los niños que protagonizan ¡Triste herencia! (1899).