Cristo muerto en la cruz

Cristo muerto en la cruz

Francisco de Zurbarán (Fuente de Cantos, Badajoz, 1598-Madrid, 1664)

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Fecha de ejecución:

ca. 1638-1640

Técnica:

Óleo sobre lienzo

Medidas:

271 x 177 cm

Procedencia:

Colección Pedro Masaveu

Procedente de la Colección Pedro Masaveu, quien lo adquirió al bilbaíno Félix Valdés, Cristo muerto en la cruz, del pintor Francisco de Zurbarán (Fuente de Cantos, Badajoz, 1598-Madrid, 1664), fue una de las numerosas obras que fueron cedidas en dación al Principado de Asturias en 1994 y que ahora se exponen en el Museo de Bellas Artes de Asturias. Nacido en 1598 en un modesto pueblo extremeño, al margen de las grandes corrientes de pensamiento y del arte, Zurbarán puso rumbo a Sevilla en 1614, donde se formó con Pedro Díaz de Villanueva y estableció contacto con Alonso Cano y Diego Velázquez, cuya obra Cristo de San Plácido, de 1634, guarda relación con la que nos ocupa. Debido a su estilo personal y naturalista, a la maestría con la que representa los valores táctiles de las telas, junto a la sobriedad, la fuerza expresiva y la plasticidad de sus figuras, es considerado como uno de los grandes maestros españoles del Siglo de Oro.

La evolución de su estilo se ejemplifica en su intensa producción de crucificados, uno de los temas más frecuentes impuesto por la iconografía tridentina para instruir a los fieles según los principios inmutables de la Iglesia Católica. Se conocen más de treinta versiones de este tema pintadas por Zurbarán, la mitad de ellas correspondientes a la iconografía del Cristo expirante vivo, aunque otras veces, como en el caso del lienzo de Oviedo, se presenta al Salvador ya muerto, con la cabeza inclinada sobre su pecho y la llaga sangrante en el costado.

Cristo muerto en la cruz es un fiel reflejo de esta espiritualidad contrarreformista, aparte de obra maestra, cabeza de serie y prototipo de otros crucificados posteriores, representados todos ellos según las normas impuestas por Francisco Pacheco, es decir, con cuatro clavos. Efigiado de forma reposada, con la cabeza cayendo exánime de modo natural, emociona por su sencillez. Sus dedos se muestran contraídos, su musculatura poco pronunciada y sus piernas y pies paralelos y en escorzo, apoyados sobre el suppedaneum. El fondo neutro y no muy oscuro nos permite apreciar la sombra del cuerpo erguido sobre él, contrastándolo con el blanco brillante del paño de pureza, dibujado con gran naturalidad y tan característico del artista. Su marcada iluminación tenebrista y su perfecto modelado, escultórico aunque algo esquemático, destacan en la composición. En lo alto de la cruz se lee un letrero cuya inscripción reza ”Jesús nazareno, Rey de los Judíos”, en hebreo, latín y griego.

Aunque no tenemos información acerca de para qué iglesia o convento fue pintado, seguramente se trate de un cuadro de altar. Los datos más antiguos que poseemos, gracias a una inscripción antigua en el dorso del lienzo, sitúan la obra en la colección del marqués de Villafuerte en Sevilla.