La cueva de Covadonga

La cueva de Covadonga

Genaro Pérez Villaamil (El Ferrol, 1807-Madrid, 1854)

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Fecha de ejecución:

1850

Técnica:

Óleo sobre lienzo

Medidas:

52,5 x 43,3 cm

Procedencia:

Diputación Provincial

Entre las numerosas obras que el arte decimonónico le ha dedicado al emblemático santuario asturiano de Covadonga destaca especialmente esta vista interior de la cueva del pintor Genaro Pérez Villaamil (El Ferrol, 1807-Madrid, 1854), conservada en el Museo Bellas Artes de Asturias.

Considerado el precursor del paisajismo romántico español, Villaamil se inscribe dentro de aquella generación de “pintores-viajeros” que, desde mediados del siglo XIX, recorrieron buena parte de la geografía española intentando capturar en sus lienzos la realidad social y cultural del país. En el retrato de sus gentes y de sus pueblos, de sus paisajes y de sus monumentos, la obra de Villaamil refleja la preocupación típica del artista romántico, bajo cuya fantasía pintoresca y exaltación patriótica subyacía un interés aún más profundo, relacionado también con los ideales de la Ilustración española: documentar y salvaguardar las ruinas del deteriorado patrimonio histórico nacional.

Así, cuando Genaro Pérez Villaamil llegó a Covadonga en 1850, en el que constituiría el último viaje del artista a tierras asturianas, su interés por la cueva no se redujo exclusivamente al hecho de inmortalizar el legendario símbolo de una supuesta identidad nacional, sino en constatar a su vez el estado de abandono en el que se encontraba sumido el monumento desde que, el 17 de octubre de 1777, un incendio fortuito destruyera parcialmente el camarín de la gruta que conservaba la imagen de la Virgen. En la representación abiertamente idealizada del santuario que ofrece el pintor puede reconocerse por tanto el estado decadente de la construcción. Así mismo, la visión de la España costumbrista y pintoresca que tanto se empeñó en retratar Villaamil adquiriría un renovado protagonismo en la escena de la parte inferior, donde una comitiva de peregrinos, vestidos con trajes regionales, confieren al santuario ese aire de cotidianeidad y devoción popular en el que los elementos humano y arquitectónico se fusionan para reforzar el mensaje patriótico propio de la representación romántica.

Si bien la denuncia expuesta en la obra terminó recibiendo respuesta, esta no llegará hasta 1874 –Genaro Pérez Villaamil fallecerá en 1854-, fecha en la que el obispado de Benito Sanz y Forés le encargó a Roberto Frassinelli construir el actual camarín de madera, en el que se emplazó finalmente la nueva imagen de la Santina donada por la Catedral de Oviedo en 1778.