Laminación

Laminación

Alejandro Mieres (Astudillo, Palencia, 1927)

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Fecha de ejecución:

1992

Técnica:

Óleo sobre tabla

Medidas:

122 x 244 cm

Procedencia:

Adquisición, 2002

Esta obra resulta significativa dentro de la orientación hacia el mundo de lo tecnológico e industrial que se observa a veces en Alejandro Mieres (Astudillo, Palencia, 1927). Sobre una superficie monocromática de color naranja muy saturado el artista dispone, en la parte central, de izquierda a derecha y en sentido horizontal, uno de sus habituales estriados de óleo magro realizado con un peine dentado. En él destacan los distintos grados que se dan de ondulación y espesor en la materia, auténtica protagonista por sus cualidades táctiles de todos los trabajos de este pintor. Es llamativa también la manera en que la luz, que resbala por las zonas planas trabajadas con espátula, queda atrapada en las distintas hendiduras de esa banda, originando todo un juego de vibraciones y un movimiento virtual que acerca la obra de este autor a algunas de las propuestas del op-art. Se trata del clásico efecto muaré, uno de los patrones compositivos preferidos por el grupo de creadores vinculados a las corrientes cinéticas, lo que Mieres utiliza en sus cuadros. No en vano, el crítico de arte italiano Gillo Dorfles incluyó la figura de este artista dentro de esos movimientos atentos a excitar mediante la vibración el ojo humano en su ensayo sobre las últimas tendencias del arte contemporáneo.

Esa ilusión de movimiento generado en el interior de la propia obra introduce en los cuadros de Mieres una concepción particular del espacio. Para el caso de Laminación, este parece dilatarse y contraerse como un acordeón a lo largo y ancho de la parte central del soporte, eliminando cualquier punto de vista único en su percepción. También acabando con los ejes rígidos a los que está sometida buena parte de la pintura más tradicional. Es el espectador quien, animado por la fuerza de los propios ritmos ondulados, debe desplazarse por delante de la obra, acompañándola en su progresión e introduciendo así la noción de tiempo dentro del flujo de lo representado. Unos pequeños segmentos de color naranja, a modo de vectores de energía, acompañan por los márgenes superior e inferior ese movimiento de traslación, que si bien parece indefinido, ya que se regenera una y otra vez, resulta limitado en su proyección horizontal. En este sentido, la obra se convierte en una especie de devenir y no en algo estático, que reclama para su captación el concurso de distintos sentidos.