Piloto

Piloto

José María Navascués (Madrid, 1934 - Oviedo, 1979)

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Fecha de ejecución:

1975

Técnica:

Madera de pino báltico tallada y ensamblada, y anilinas

Medidas:

75 x 49 x 39 cm

Procedencia:

Adquisición por el Museo de Bellas Artes de Asturias en 1983

Natural de Madrid, José María Navascués se trasladó en 1939 con su familia a Gijón. En 1952 regresó a la capital para iniciar estudios de Ingeniería de Caminos, Canales y Puertos, y, un año después, de Arquitectura, pero abandonaría ambos. Tras pasar por la academia de dibujo de Gerardo Zaragoza y por las clases del Círculo de Bellas Artes de Madrid comenzó, a mediados de los años cincuenta, su dedicación al arte, instalándose de nuevo en Gijón. Desde entonces y hasta su muerte desarrolló una intensa actividad, primero pictórica y luego escultórica, que englobó también el dibujo y el diseño de mobiliario.

Navascués trabajó preferentemente la madera. Este es de hecho el material elegido para esta obra, perteneciente a su serie Maderas negras (1969 – 1975) y, más concretamente, al conjunto de Pilotos, de 1975.

La pieza resume a la perfección algunos de los intereses principales del artista en esta etapa. En primer lugar, la atención al hombre y su relación con la máquina. Así, en esta “cápsula antropomórfica” (como la definió Antonio Gamoneda) se muestra solamente el “envoltorio” del piloto de carreras: el casco y el traje, algo, por tanto, fragmentario y descontextualizado. El artista seleccionaba este tema no sólo por su afición a la velocidad, sino también por su capacidad connotativa, sígnica. Para él, “el piloto de coches de carrera es, a la vez, conductor y conducido. Dominador y atrapado. Abierto y encerrado. Su imagen externa es su propia imagen virtual”.

Por otra parte, hay que destacar la importancia que Navascués concede al procedimiento técnico. Ayudado por el ebanista Víctor López, el proceso incluía el corte y preparación de la madera, normalmente de pino báltico, que luego se ensamblaba, pulía y lijaba para, finalmente, teñir con anilinas, lacar y pulir con varias capas de cera. Pese a la innegable belleza formal conseguida gracias a este cuidado acabado, sus pilotos tienen una clara relación con la violencia -idea presente también en otras obras suyas de este mismo periodo, como las guillotinas, estacas de vampiros, armas, etc.- pues, en palabras del propio escultor, el casco “comportaba la violencia, antichoque, la ocultación, la despersonalización, la destrucción del concepto hombre, deshumanizado”.