San Pedro

San Pedro

Bartolomé Esteban Murillo (Sevilla, 1617-1682)

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Fecha de ejecución:

ca. 1670

Técnica:

Óleo sobre lienzo

Medidas:

71,5 x 58 cm

Procedencia:

Adquisición, 2003

El Museo de Bellas Artes de Asturias conserva, desde su adquisición en 2003, el cuadro San Pedro de Bartolomé Esteban Murillo (Sevilla, 1617-1682), uno de los grandes pintores del barroco español. Murillo mantuvo contacto directo con artistas de la talla de Velázquez y Zurbarán, tomando de ambos el gusto por el claroscuro, aunque manifestó igualmente en sus obras la impronta de la pintura académica italiana y de artistas flamencos como Rubens o Van Dyck. La última etapa creativa del pintor sevillano, en la que realizó este cuadro, supone un momento de plena madurez del artista, en el que ha asimilado y perfeccionado estas y otras influencias, evolucionando tanto técnica como iconográficamente para conseguir composiciones más complejas y armoniosas a base de pinceladas más sueltas.

El cuadro recoge la iconografía tradicional del apóstol, que se representa anciano y portando dos de sus atributos: la llave y un gran libro que podría contener sus Epístolas. Además, San Pedro se muestra en actitud melancólica, mirando fijamente al espectador y con la cabeza ligeramente ladeada. Esta actitud del apóstol manifiesta los preceptos contrarreformistas según los cuales las imágenes debían transmitir emociones y provocar pasiones en el espectador. De hecho, Murillo solía incluir en sus obras tipos populares que establecían un vínculo entre lo terrenal y lo celestial para causar un mayor impacto sobre el fiel.

En la línea de los retratos velazqueños, el fondo se configura a través de un tono neutro sobre el que se recorta la figura del apóstol, buscando unas calidades de luz y sombra poco acentuadas para evitar los marcados contrastes de etapas anteriores. También la pincelada recurre al estilo de Velázquez, siendo en este caso muy suelta y vaporosa en algunas zonas, aunque más apretada en otras para enfatizar ciertos detalles como las manos del santo. La composición está perfectamente equilibrada a partir de la forma piramidal, cuyos vértices coincidirían con la cabeza del apóstol, el libro y el manto que cae sobre su brazo derecho, con un tono que contrarresta también el del infolio. Todo ello nos introduce en la impronta personal de Murillo, que asimila las influencias de su entorno pero aporta un halo de personalidad fácilmente reconocible en sus obras, un aspecto que le convirtió en uno de los pintores más cotizados de la escuela barroca sevillana.