Tres geometrías para el Palacio de Velarde, de Eugenio López

Programa de proyectos específicos

La  exposición Confluencia, Acople, Núcleo. Tres geometrías para el Palacio Velarde es un proyecto específico creado por Eugenio López (Oviedo, 1951) para el Museo de Bellas Artes de Asturias.

Eugenio López (Oviedo, 1951) es uno de los artistas españoles con mayor proyección nacional e internacional dentro de las tendencias geométricas y constructivas en el arte. De formación autodidacta, se estableció en Menorca a principios de los años setenta, donde ha venido desarrollando una intensa y concentrada creación artística que ha pasado por el pop, el expresionismo figurativo, la abstracción gestual y el conceptualismo, hasta llegar a desarrollar, a principios de los años ochenta, un lenguaje coherente y personal con la geometría como eje principal.

La muestra individual de Eugenio López, titulada Confluencia, Acople, Núcleo. Tres geometrías para el Palacio de Velarde, continúa el programa de proyectos específicos realizados por artistas contemporáneos en el Museo de Bellas Artes de Asturias. Es, además, la tercera individual del artista en la pinacoteca asturiana, tras las celebradas en 1984 y 1990, que supusieron el primer impulso y la consolidación de su carrera respectivamente.

Ahora, veinticinco años después de la última de ellas y en un momento de plenitud creadora, Eugenio López se adueña, por primera vez, del espacio expositivo del Museo para vaciarlo, desnudarlo, desocuparlo y, con ello, reocuparlo con su geometría pura. Como sus predecesores, Eugenio López ha concebido un proyecto específico para el patio y sala de exposiciones del Museo, que continúa su exploración en torno a la que desde hace tiempo es su máxima preocupación artística: la geometría. Y, en especial, en torno a todo lo que la misma puede representar: el diálogo entre el lleno y el vacío, la tensión entre fuera y dentro, la decantación entre el blanco y el negro, el debate entre lo bidimensional y lo tridimensional, el equilibrio entre lo visual y lo mental.

En la sala de exposiciones, el artista recubre sus muros con una doble intervención geométrica: Núcleo y Acople. Acople se estructura por una diagonal que atraviesa tres muros de la sala, dividiendo las paredes en su habitual bicromía negro-blanco, mientras Núcleo, en el testero, se ha concebido como un intenso círculo rojo sobre fondo blanco que, en contraste con el resto del conjunto, ocupa el centro de esta cuarta pared. Con su característica economía de medios y pureza en el trazado y en el color Eugenio López parece perseguir aquí la creación de un espacio de meditación y silencio.

Esta doble composición es, al mismo tiempo, complementaria de Confluencia, una geometría que ocupa el centro del patio de columnas, generando su propio espacio y apoderándose de él. Está formada por una gran plataforma cuadrangular negra en la que se inscriben dos formas triangulares blancas que convergen, conformando a través de sus líneas y ángulos otro plano espacial. La tensión generada en esta huída de la bidimensionalidad produce a su vez un dinamismo que contrasta con el estatismo del patio de columnas del Palacio de Velarde. Y es que, como ha señalado el propio artista, en este proyecto resalta el diálogo que se establece entre las tres composiciones, dos verticales y una horizontal, y también entre los ámbitos tan diferentes que la acogen, ubicados ambos en el Palacio de Velarde, sede principal de la pinacoteca asturiana.

Vista de Confluencia en el patio del Palacio de Velarde

Vista de Confluencia en el patio del Palacio de Velarde. Fotografía: Marcos Morilla.

Vista de Confluencia en el patio del Palacio de Velarde

Vista de Confluencia en el patio del Palacio de Velarde. Fotografía: Marcos Morilla.

Acople, de Eugenio López

Acople, de Eugenio López. Fotografía: Marcos Morilla.

Confluencia, de Eugenio López en el patio del Palacio de Velarde

Confluencia, de Eugenio López en el patio del Palacio de Velarde. Fotografía: Marcos Morilla.

Núcleo y Acople, de Eugenio López

Núcleo y Acople, de Eugenio López. Fotografía: Marcos Morilla.

Darkness at noon, de Avelino Sala

Programa de proyectos específicos

Avelino Sala (Gijón, 1972) es en este momento uno de los artistas asturianos con mayor proyección nacional e internacional. Artista, comisario y editor, reside y trabaja en Barcelona. Su producción, siempre alegórica y abiertamente crítica, gira normalmente en torno a conceptos relacionados con la sociedad actual, sus crisis y esperanzas, analizadas desde una perspectiva tardo-romántica. Precisamente en torno a la identidad, a la historia, al “no lugar” y a la recuperación de la memoria gira la muestra Darkness at noon, proyecto específicamente diseñado para el Museo de Bellas Artes de Asturias. Su título, Darkness at noon (Oscuridad al mediodía), remite a la célebre novela del autor británico aunque de origen húngaro Arthur Koestler (1905-1983).

La muestra compartía con la novela no solo el título, sino también su carácter distópico, que el artista veía reflejado en la antiutopía en la que se ha convertido la Asturias actual. Estaba compuesta por casi una veintena de obras, entre dibujos de gran formato y una instalación con forma de alfombra, concebida para ser transitada y que invadía el dieciochesco patio del palacio de Velarde. A través del dibujo, técnica de fuerte raigambre clásica, y de una instalación de intensas connotaciones industriales, el artista asturiano rememoraba objetos de distintas empresas vinculadas al territorio astur: logos, diseños y gadgets de todo tipo que le permiten, partiendo de un elemento concreto, analizar la historia y reflexionar en torno al agotamiento tanto industrial como empresarial de nuestra región. El abrebotellas de Cervezas El Águila Negra, la toalla de Ensidesa, el lápiz de La Voz de Asturias y la bolsa de plástico de Simago eran algunos de esos gadgets desterrados que Sala rescata del olvido. Objetos que, convertidos en iconos, eran también, de alguna manera, mudos testigos de uso, de procesos de desindustrialización y de conflictos laborales que han marcado nuestras vidas. Eran recuerdos que servían al creador para rescatar la memoria personal y colectiva en un ejercicio de recuperación de “otras” historias, esas que quizás no conformaban la versión oficial y que, sin embargo, eran tan importantes para la comunidad. Todo ello para realizar, en suma, y como el propio artista afirmaba, una arqueología de la memoria de una región que se debate entre un pasado en un tiempo de esplendor y un futuro incierto por el que debemos pelear. Y es que la idea de este proyecto no es mantener un discurso apocalíptico gratuito, sino re-localizarnos en un lugar (en este caso, en un “no-lugar”) desde el que intentar cambiar las cosas.

Vista del patio - Darkness at noon

Visita general de la exposición en el Museo de Bellas Artes de Asturias. Fotografía: Kike Llamas.

 

Tercera exposición del programa dedicado a artistas contemporáneos en el Museo (que se inició en otoño de 2013 con Fulgor, de Ramón Isidoro y tuvo su continuación, ya en 2014, con Negro silencio, de Tadanori Yamaguchi), fue comisariada por el propio director de la institución, Alfonso Palacio. Como sus predecesoras, perseguía consolidar la institución como un centro vivo que aglutine las corrientes artísticas actuales y las ponga a dialogar con sus antecedentes a través de cuidados proyectos ideados expresamente para el centro por artistas contemporáneos de sólida trayectoria, los cuales establecían un intenso diálogo con el ámbito que les acoge. También pretendía continuar la exploración de los lenguajes y discursos por los que avanza nuestra creación, ofrecer una plataforma más, en este caso institucional, para su exhibición, y reforzar la relación del Museo con lo más reciente del arte hecho por las distintas generaciones que habitan en nuestra comunidad. Era, además, la primera exhibición que introducía en la pinacoteca asturiana un discurso reivindicativo y de reflexión económica, social y política en torno a la situación actual de la región.

Darkness at noon

Visita general de la exposición en el Museo de Bellas Artes de Asturias. Fotografía: Kike Llamas.

Visita Darkness at noon

Visita general de la exposición en el Museo de Bellas Artes de Asturias. Fotografía: Kike Llamas.

Exposición Darkness at noon

Visita general de la exposición en el Museo de Bellas Artes de Asturias. Fotografía: Kike Llamas.

Negro Silencio, de Tadanori Yamaguchi

Programa de proyectos específicos

Tadanori Yamaguchi, artista japonés afincado en Asturias, es licenciado en Arte Creativo por la Universidad de Kyoto (Japón). Desde su instalación en la región en 1997, a donde llegó gracias a una beca del Ministerio de Asuntos Exteriores de España, ha venido desarrollando una intensa y prolífica labor creativa, que ha sido presentada en numerosas exposiciones individuales y colectivas en salas de exposiciones, galerías y museos de Asturias, León, Santander, Murcia, Madrid, Barcelona, Portugal, Londres y Japón. Dedicado fundamentalmente a la escultura en piedra granítica y mármol, destaca también en el ámbito de las instalaciones, la pintura y el diseño de proyectos de arte público, algunos de ellos en colaboración con los hermanos Portilla Kawamura. Sus obras, fruto del dominio de la materia, de una profunda síntesis expresiva y de una exquisita sensibilidad estética, han sido reconocidas con algunos de los principales galardones artísticos de la región, como el del XLIII Certamen Nacional de Arte de Luarca (2012) y el Primer Premio en el IX Certamen Nacional de Pintura Casimiro Baragaña (2013).

Negro silencio fue un proyecto específicamente diseñado para el Museo de Bellas Artes de Asturias. La muestra estuvo compuesta por una serie de piezas escultóricas, pinturas y dibujos, a través de los cuales el artista japonés reflexionó sobre aspectos tan variados como el origen y la evolución de la vida, los secretos de su formación y el tiempo asociado a la misma, la pervivencia de la energía vinculada a la materia, el misterio insondable de la creación y el papel del artista como demiurgo o hacedor, capaz de insuflar espíritu y aliento poético a todo aquello que toca. Así se apreció en obras como El Transcurrir de la vida…, serie de cuatro piezas instalada en el patio de Velarde que nos mostró la evolución de las formas desde el volumen prístino del cubo perfecto a las formas moleculares, plenas de vida (o de muerte, por asociación con su color negro), presentes en su producción más reciente y moduladas por la mano hábil del artista sobre la dura piedra de Calatorao. Volúmenes pesados (cada pieza supera los 200 kilos de peso) y compactos que contrastaron con la levedad férrica de Hélice y Doble hélice, esculturas instaladas en el mismo patio de Velarde que se desarrollaban como “dibujos en el espacio”, inmortalizando el recorrido y la transformación de la vida. Esta visión se completó en la sala con otras dos estructuras moleculares y, muy especialmente, con sus trabajos sobre el Big Bang, en los que las formas estallaban, nacían y se transformaban a través del fino trazo dibujístico o del kizamu, término polisémico japonés que hace alusión al paso del tiempo pero también a las acciones de rayar, de grabar, y que era utilizado por Tadanori para referirse a una peculiar técnica en la que, a través del paso del tiempo y mediante el rayado insistente (en ocasiones llega hasta las dos mil incisiones) de una mezcla de resina con polvo de mármol, yeso y pintura, conseguía transmitir toda la fuerza expresiva de la gran explosión creadora del Universo.

Tadanori Yamaguchi

Tadanori Yamaguchi, El transcurrir de la vida, 2014. Fotografía: José Ferrero

En palabras del propio artista, con este proyecto trataba de crear escultura. Al comenzarla, al tallarla, se aplicaba fuerza al material, energía, pensamiento, tiempo e ideología. El sentimiento de ese crecimiento, de ese proceso, por consiguiente de esa vida, aquí representada, se convertía en una forma que era derramada por la mano que la creaba. Ese acto era por tanto ARTE, por tanto VIDA, por tanto MUERTE.

José Ferrero, El transcurrir de la vida, 2014. Fotografía. Museo de Bellas Artes de Asturias

Tadanori Yamaguchi, El transcurrir de la vida, 2014. Fotografía: José Ferrero

José Ferrero, El Transcurrir de la vida, 2014. Fotografía. Museo de Bellas Artes de Asturias

Tadanori Yamaguchi, El transcurrir de la vida, 2014. Fotografía: José Ferrero

La exposición, comisariada por el director de la institución, Alfonso Palacio, continuó el programa dedicado a artistas contemporáneos en el Museo que se inició en otoño de 2013 con Fulgor, de Ramón Isidoro. Con este programa expositivo la pinacoteca asturiana persigue consolidar la institución como un centro vivo que aglutine las corrientes artísticas actuales y las ponga a dialogar con sus antecedentes a través de cuidados proyectos ideados expresamente para el centro por artistas contemporáneos de sólida trayectoria, los cuales, como Tadanori Yamaguchi, establecen un intenso diálogo con el ámbito que les acoge. También pretende continuar la exploración de los lenguajes y discursos por los que avanza nuestra creación, ofrecer una plataforma más, en este caso institucional, para su exhibición, y reforzar la relación del Museo con lo más reciente del arte hecho por las distintas generaciones que habitan en nuestra comunidad.

Vista general de la exposición

Tadanori Yamaguchi, Vista general de la exposición, 2014. Fotografía: José Ferrero

Vista general de la exposición. Sala

Tadanori Yamaguchi, Vista general de la exposición, 2014. Fotografía: José Ferrero

Fulgor, de Ramón Isidoro

Programa de proyectos específicos

La exposición Fulgor, de Ramón Isidoro, abrió un nuevo programa en el Museo dedicado a artistas contemporáneos vinculados a Asturias y que tiene por objetivo la consolidación de la institución como un centro vivo capaz de aglutinar a las corrientes actuales y de ponerlas a dialogar con sus más destacados antecedentes. Comisariada por Alfonso Palacio, fue cofinanciada por la empresa Sidercal Minerales S. A.

De igual modo, la exposición inició una nueva singladura en el Museo, dedicada a mostrar proyectos ideados expresamente para el centro por artistas contemporáneos asturianos de sólida trayectoria, los cuales, como Ramón Isidoro, han experimentado en los últimos años con distintos lenguajes de la creación. Con ello se pretende continuar con la exploración de los lenguajes y discursos por los que avanza nuestra creación, ofrecer una plataforma más, en este caso institucional, para su exhibición, y reforzar la relación del Museo con lo más reciente del arte hecho por las distintas generaciones que habitan en nuestra comunidad.

Ramón Isidoro es un artista multidisciplinar de origen leonés, nacido en Valencia de Don Juan en 1964 pero afincado en Asturias desde muy joven y que ha venido participando, de manera constante y activa, en buena parte de los hitos culturales que se han venido dando en esta tierra desde la década de 1990. Su trayectoria artística, que engloba pintura, fotografía, instalaciones y escenografías de una manera integradora, se vincula desde hace tiempo con la búsqueda anhelante de lo sublime propia de la abstracción lírica.

La exhibición, concebida expresamente para la pinacoteca asturiana, estuvo compuesta por seis piezas de gran formato, todas ellas a medio camino entre la pintura, la instalación y el environment. Estas obras fueron realizadas con técnica mixta sobre tabla y tenían en común una profunda dimensión atmosférica, ambiental y climática. Pero lo que resultaba más impactante en todas ellas era el diálogo escenográfico que las mismas establecían en la penumbra de la sala del Museo con el juego cromático de una serie de cajas de luz retroiluminadas, a partir de las cuales despuntaba un fulgor espectral que interrogaba a la mirada y una armonía tonal que, como indicaba José Manuel Cuesta Abad en su texto para el catálogo, quedaba rota en el tránsito hacia una transparencia imposible.

La muestra se acompañó de un cuidado catálogo, realizado por el artista en colaboración con el diseñador Manuel Fernández (MF) y que incluía nueve textos de destacados autores vinculados al mundo del arte: el profesor José Manuel Cuesta Abad, el escritor Ricardo Menéndez Salmón, el director del Museo de Bellas Artes de Asturias Alfonso Palacio, el poeta José Luis Piquero, la crítica y comisaria Imma Prieto, el artista asturiano Avelino Sala, el profesor de Literatura de la Universidad de Oviedo Leopoldo Sánchez Torre, el músico Xabel Vegas y el crítico de arte José Luis Corazón.

Ramón Isidoro - Vasto cambiante

Vasto cambiante, de Ramón Isidoro en el Museo de Bellas Artes de Asturias. Fotografía: Marcos Morilla.

Ramón Isidoro - Puente de Merabeau

Puente de Merabeau, de Ramón Isidoro en el Museo de Bellas Artes de Asturias. Fotografía: Marcos Morilla.

Ramón Isidoro - El todo, la nada

El todo, la nada, de Ramón Isidoro en el Museo de Bellas Artes de Asturias. Fotografía: Marcos Morilla.

Ramón Isidoro - Deber de toda luz

Deber de toda luz, de Ramón Isidoro en el Museo de Bellas Artes de Asturias. Fotografía: Marcos Morilla.

Ramón Isidoro - Pensamiento impensado

Pensamiento impensado, de Ramón Isidoro en el Museo de Bellas Artes de Asturias. Fotografía: Marcos Morilla.

Ramón Isidoro - De viento y luz y nube

De viento y luz y nube, de Ramón Isidoro en el Museo de Bellas Artes de Asturias. Fotografía: Marcos Morilla.

Ramón Isidoro - Áureo Afán

Áureo afán, de Ramón Isidoro en el Museo de Bellas Artes de Asturias. Fotografía: Marcos Morilla.