El Museo de Bellas Artes de Asturias expone durante los meses de verano de 2017 dos piezas del artista asturiano Carlos Coronas que, con un montaje específicamente diseñado para este espacio, dialogan combinadas en una única instalación de luz.
El título genérico de Lampyridae se refiere a una serie de obras construidas en los últimos años, constituidas por estructuras poligonales que simulan formas orgánicas de apariencia zoomórfica y que ocupan gran parte del espacio en el que están instaladas. Con una combinación de madera, tubos fluorescentes y cables, la luz de las obras se proyecta en suelo, pared y techos creando un juego de infinitos que inunda todo el lugar. Esto provoca que el espectador aprecie diferentes atmósferas según los ritmos y respiraciones de las piezas. Con su obra, Carlos Coronas dota al espacio de vida, de calidez y de un espectacularidad hipnótica, que ralentiza el tiempo y nos regala unos instantes pausados, reflexivos y propios.
Orden y caos, algo que permanece junto a algo que cambia o se transforma, convivencia entre estructura y cambio… son algunas de las ideas presentes en Lampyridae. El mundo en que vivimos está regido por el caos, por fenómenos totalmente impredecibles que, a la vez, lo dotan de sentido. La vida es una lucha contra la entropía, entendida como el grado de desorden en la naturaleza, algo que todos podemos observar en la vida corriente.
Las Lampyridae cambian su intensidad lumínica mediante sistemas electrónicos en ciclos de varios segundos, variaciones regulares de un metabolismo que no comprendemos pero que evoca poderosamente la respiración pausada de unos seres hibernados o dormidos, o las señales de una comunicación indescifrable entre cefalópodos o los insectos luminiscentes como las lampyridae que inspiran el trabajo de Carlos Coronas.

Instalación de ambas piezas en el Museo de Bellas Artes de Asturias. Fotografía: Marcos Morilla.
Carlos Coronas es una artista asturiano, originario de Avilés, donde actualmente reside y trabaja. En su haber consta un extenso recorrido creativo, jalonado por numerosas exposiciones individuales y colectivas, tanto a nivel nacional como internacional, entre las que destacan Los territorios soñados en el Centro Niemeyer de Avilés, Lampyridae en Mustang Art Gallery, en Elche y en la Galería Guillermina Caicoya en Oviedo, Pentágramon en el Horno de la Ciudadela en Pamplona y Lux Aurea, en el Museo Barjola de Gijón. Ha participado en diversos eventos como Seoul Media Art Biennale en Corea del Sur, ARCO Madrid, Biennale Cuvée en Linz Austria, o It’s Simply Beautiful en LABoral Centro de Arte.
Sus primeras obras pictóricas mostraban una adscripción abstracta determinada por un cromatismo lumínico y el gusto por formatos y soportes poco comunes, que le permitieron abrirse a conjugaciones más variadas y ricas tanto en el tratamiento pictórico como en los soportes, que pronto derivaron en estructuras de madera en las que el color revelaba otros volúmenes y la luz aparecía como un substrato determinante de la forma. Evolucionando en esa línea, el artista introdujo la luz eléctrica en trabajos en los que se refuerza el referente pictórico con composiciones lumínicas sobre superficies arquitectónicas que remiten a la clásica abstracción geométrica. Su evolución avanza en forma de proceso de ruptura y desbordamiento de las técnicas y formatos tradicionales, prefiriendo a lo largo de los últimos años el formato de instalación y site-specific (término que se refiere a un tipo de trabajo artístico específicamente diseñado para una locación en particular, de lo que se desprende una interrelación única con el espacio) donde sus piezas alcanzan la perfecta simbiosis con el lugar que habitan.
Obras expuestas:

Carlos Coronas. Instalación de Lampyridae nº 9 y Lampyridae nº 14 en el Museo de Bellas Artes de Asturias. Fotografía: Marcos Morilla.

Carlos Coronas. Instalación de Lampyridae nº 9 y Lampyridae nº 14 en el Museo de Bellas Artes de Asturias. Fotografía: Marcos Morilla.
Lampyridae nº 9, 2014
Lampyridae nº 14, 2016
El Programa La Obra invitada tiene como misión traer al Museo de Bellas Artes de Asturias durante un periodo de tres meses destacadas obras procedentes de coleccionistas particulares o de otras instituciones nacionales e internacionales que contribuyan a reforzar el discurso de la colección permanente, bien porque permitan profundizar en aspectos ya contemplados por la colección, bien porque permitan cubrir lagunas que en ella puedan detectarse. En esta ocasión, la Obra invitada será Niño de la Cuenca / Y llegará a ser hombre, realizada por el pintor Mariano Moré Cors hacia 1927 y procedente de la Fundación Alvargonzález de Gijón.
El pintor, dibujante y cartelista Mariano Moré Cors (Gijón, 1899 – Oviedo, 1974), recibió su primera formación artística en el seno de la importante firma Litografía Artística Moré, co-fundada por su padre y, siendo aún niño, acudió al Ateneo Obrero de Gijón, donde impartía clases Nemesio Lavilla. Sus precoces trabajos aconsejaron que completase sus estudios en Madrid, donde desde 1917 frecuentaría el taller del pintor levantino Cecilio Pla, quien influyó favorablemente en su preparación como artista.
Asentado en la capital, y tras una forzosa interrupción debida al conflicto de Marruecos, inició una dilatada concurrencia a las Exposiciones Nacionales de Bellas Artes (1926-1964), certamen en que llegaría a ganar una segunda (1948, Puerto de Lastres) y una tercera (1945, Costa Cantábrica) medallas. Aparte de su dedicación a la pintura, es muy notable y certera su faceta como dibujante, llegando a plasmar la compleja realidad social de los años veinte y treinta en calidad de reportero de guerra para algunos comprometidos medios locales (CNT). Además, sus trabajos en el ámbito del cartel, sobre todo en el periodo de la II República, se cuentan entre lo más destacado del género en Asturias.

Mariano Moré, Niño de la Cuenca / Y llegará a ser hombre, ca. 1927. Fundación Alvargonzález, Gijón
Moré cultivó especialmente la pintura de temática costumbrista, casi siempre ambientada en su región natal, de la que acabó por dar y proyectar una imagen propia, bien diferenciada de la que ofrecían otros artistas locales. Es su pintura esencialmente figurativa y sus personajes aparecen situados en un entorno reconocible pero evocado. La mina y el mar son dos de sus motivos predilectos, si bien también cultivaría el retrato, el bodegón y puntualmente la pintura decorativa.
Este cuadro, elaborado ya al menos en el verano de 1927 en que es presentado a una importante muestra colectiva de artistas regionales celebrada en el Ateneo Obrero de Gijón, sería también escogido por el autor para su envío a la Exposición Nacional de Bellas Artes de 1932, donde se estrenó transcurrida ya una década desde su llegada a Madrid. Forma parte del extraordinario conjunto de pinturas preparadas por el autor entre 1926 y 1936, período en que Moré firmó sus mejores trabajos, alimentado por una formación y un ambiente propicio en que se introdujo desde muy pronto, a falta de casi cuatro décadas de actividad profesional como pintor, que en el último tramo de su vida alternaría con su dedicación docente.
Niño de la Cuenca propone por vez primera en su trayectoria una temática o subgénero que desarrollaría incluso hasta la década de los años sesenta. Proveniente de Asturias, de donde se va justamente en el momento álgido del desarrollo industrial, cultivaría el asunto del trabajo minero en diversas ocasiones, una temática en boga entre sus coetáneos, todos ellos impregnados de cierto aire de renovación que fue notorio en la segunda mitad de los años veinte y en la primera parte de la siguiente.
En la obra se observa el notable protagonismo de la figura, casi efigiada, de un muchacho carbonero que acarrea un cesto repleto de carbón y que Mariano Moré sitúa en un abreviado y característico paisaje que, teñido de negros, ocres y verdes, pertenece indudablemente a la cuenca minera asturiana, en que localizaría muchos de sus trabajos. Centra el pintor casi toda su atención en el rostro del niño, cuya extenuación física denota un evidente dramatismo y por tanto una manifiesta denuncia social de la penosa situación personal del trabajador que ocupa buena parte de un lienzo, donde también se observan parte de las instalaciones mineras a la derecha y las montañas que parapetan el valle como fondo, dominado por un celaje brumoso y gris que acrecienta la emotividad de la triste y tenebrosa escena. Se evidencia una acusada expresividad moderna que luego el artista cambiaría por una visión mucho más idealizada, con la que acabaría identificándose.
Las escenas de figuras ambientadas en paisajes mineros son uno de sus argumentos predilectos y de los que mayor valía y personalidad denotan en su catálogo, también repleto de temas marineros, de montaña y romerías.
La presencia de esta pintura en el Programa La Obra invitada del Museo del Bellas Artes de Asturias prosigue la línea de colaboración con diferentes fundaciones y entidades que radicadas en la región, conservan un importante patrimonio artístico.
Miradas de Asturias
Miradas de Asturias es una iniciativa de largo recorrido de la Fundación María Cristina Masaveu Peterson para promover, desde el mecenazgo, la creación de un fondo de obra inédita inspirada en Asturias y sus gentes, a partir de la visión íntima y personal de prestigiosos fotógrafos invitados. Con un respeto absoluto por su libertad creativa, la actividad genera una ambiciosa dinámica, materializada por la singular mirada de nuestros Premios Nacionales de Fotografía.
Hasta la fecha han participado en el proyecto Alberto García-Alix, José Manuel Ballester, Ouka Leele y Joan Fontcuberta.
Esta quinta edición de Miradas de Asturias tiene como fotógrafo invitado a Chema Madoz (Madrid, 1958), Premio Nacional de Fotografía en el año 2000 que presenta en el Museo de Bellas Artes de Asturias una exposición formada por 34 fotografías inéditas y un video.
El viajero inmóvil
Chema Madoz realiza sus fotografías a partir de la manipulación de las imágenes y los objetos cotidianos para descubrir nuevos aspectos de sus capacidades simbólicas. Para realizar esta exposición, que presenta con el título de El viajero inmóvil, Chema Madoz ha tenido que realizar el trayecto inverso al usual en su trabajo. Esta vez no son los objetos y sus significantes libres los que tienen la palabra, sino que es la propia idea de Asturias la que se convierte en el objeto a observar y definir.
Mirar Asturias requiere, desde la perspectiva y los modos de hacer de Madoz, convertir la realidad de su espacio geográfico, sus costumbres y sus gentes, en una abstracción. Para ello nos propone un viaje inmóvil, pues para la realización del trabajo no necesita desplazarse al lugar concreto, ni obtener imágenes de la realidad cotidiana. Se trata de viajar por la imaginación para descubrir los elementos conceptuales que conforman la idea de una Asturias de la mente. Así, utilizando la capacidad de síntesis de la representación icónica, nos acerca al paisaje y a la naturaleza salvaje, al mar y sus habitantes, al clima lluvioso y a la montaña y, por medio de la colisión de los sentidos, nos habla de sus tradiciones y sus formas de ser. Con ello consigue conectar la observación del pequeño territorio con sus representaciones poéticas que van y vuelven de la pura abstracción a lo concreto, utilizando para ello, como es consustancial a su trabajo, el sentido del humor.
En definitiva, esta es la Asturias de Chema Madoz y sabemos que el viajero ha estado realmente inmóvil. Podemos acompañarle en su viaje asturiano a través de las fotografías que componen esta exposición, que demuestran con naturalidad, elegancia y precisión que durante la realización de este trabajo nunca se ha movido de allí. (Borja Casani, Comisario).

Chema Madoz. Serie El viajero inmóvil, 2016. Miradas de Asturias.
Mecenazgo. Fundación María Cristina Masaveu Peterson, 2017.
Colección de Arte Fundación María Cristina Masaveu Peterson.

Chema Madoz. Serie El viajero inmóvil, 2016. Miradas de Asturias.
Mecenazgo. Fundación María Cristina Masaveu Peterson, 2017.
Colección de Arte Fundación María Cristina Masaveu Peterson.

Chema Madoz. Serie El viajero inmóvil, 2016. Miradas de Asturias.
Mecenazgo. Fundación María Cristina Masaveu Peterson, 2017.
Colección de Arte Fundación María Cristina Masaveu Peterson.
Chema Madoz (Madrid, 1958)
Durante los primeros años ochenta realiza estudios de Historia en la Universidad Complutense, que compagina con su formación fotográfica en diferentes cursos y escuelas de Madrid.
Realiza su primera exposición en 1985. A principios de los años 90, sus imágenes poseen ya un lenguaje definido y personal. Su mundo se centra en la presencia insólita y poética de los objetos que selecciona y dispone en escenarios íntimos, construidos por él mismo. En su obra –próxima a la poesía visual, la pintura y la escultura– los objetos descontextualizados se trascienden a sí mismos y enseñan algo que se oculta a una mirada ordinaria. Metáforas y juegos visuales que sorprenden y provocan al espectador, pues tras su apariencia habitual, revelan una singularidad que nos remite a una asociación inesperada.
En sus fotos la realidad resulta cuestionada. Invita al espectador a la observación y la reflexión y a descubrir la poesía oculta de los objetos.
Premio Kodak (1991). Premio Nacional de Fotografía (2000). Premio PhotoEspaña (2000). Premio Bartolomé Ros (2010). Premio “Overseas” Higasikawa, Japón (2000). Autor destacado en la Bienal de Houston (2000).
Ha expuesto en diferentes lugares: Galería Moriarty, Madrid. Galería Joan Prats, Barcelona. Yossi Milo, Nueva York. Galería OMR, México. Lisa Sette Gallery, Arizona. Galería Esther Woerdehoff, París. Galería PDNB, Dallas. Galería 111, Lisboa. Galería Elvira González, Madrid.
También en museos como: el Museo Nacional Centro de Arte Reina Sofía, Madrid; Centro Galego de Arte Contemporánea, Santiago de Compostela; Museo de Bellas Artes, Buenos Aires; Kiasma Museum, Helsinki; Netherland Photomuseum, Rotterdam; Hermitage Museum, Kazan; Multimedia Art Museum, Moscú; Museo Nacional de Arte Contemporáneo, Santiago de Chile; Museum Für Angewandtekunst, Frankfurt; Museet for Fotokunst de Dinamarca. Encuentros de la Fotografía de Arles, Francia. Fundación Telefónica, Madrid, Fundación Joan Miró, Mallorca, Fundación La Pedrera, Barcelona. CCBB, Río de Janeiro.

Vista general de la exposición de Chema Madoz. Serie El viajero inmóvil. Fotografía: Marcos Morilla.

Vista general de la exposición de Chema Madoz. Serie El viajero inmóvil. Fotografía: Marcos Morilla.

Vista general de la exposición de Chema Madoz. Serie El viajero inmóvil. Fotografía: Marcos Morilla.

Vista general de la exposición de Chema Madoz. Serie El viajero inmóvil. Fotografía: Marcos Morilla.

Vista general de la exposición de Chema Madoz. Serie El viajero inmóvil. Fotografía: Marcos Morilla.

Vista general de la exposición de Chema Madoz. Serie El viajero inmóvil. Fotografía: Marcos Morilla.
Organiza y promueve: Fundación María Cristina Masaveu Peterson
Colabora: Museo de Bellas Artes de Asturias
Artista: Chema Madoz
Comisario: Borja Casani
Más información: www.fundacioncristinamasaveu.com
El Programa La Obra invitada tiene como misión traer al Museo de Bellas Artes de Asturias durante un periodo de tres meses destacadas obras procedentes de coleccionistas particulares o de otras instituciones nacionales e internacionales que contribuyan a reforzar el discurso de la colección permanente, bien porque permitan profundizar en aspectos ya contemplados por la colección, bien porque permitan cubrir lagunas que en ella puedan detectarse. En esta ocasión, la Obra invitada será Alrededor del vacío I, 1964, de Eduardo Chillida, una escultura procedente del Museo de Bellas Artes de Bilbao.
Eduardo Chillida (Donostia/San Sebastián, 1924-2002) es una figura clave en la escultura del siglo XX, continuador de la tradición escultórica en hierro iniciada por Picasso, Julio González y Pablo Gargallo. El artista comenzó estudios de arquitectura en Madrid, que pronto abandonó para dedicarse a la escultura. Tras una estancia en París, en 1951 retornó al País Vasco. En 1958 obtuvo el Gran Premio de Escultura de la Bienal de Venecia. Su colaboración con filósofos -Heidegger, Cioran- y poetas -Jorge Guillén- da idea del interés esencialista de sus obras.

Alrededor del vacío I, 1964, de Eduardo Chillida. Museo de Bellas Artes de Bilbao
Su obra osciló entre la caligrafía informalista (es decir, el rasgo rápido y continuo) y unas formas más compactas de “geometría imprecisa”, que le acercaban al espacialismo. La disyuntiva se definió con frecuencia en cada obra según el material con que estaba realizada, pues el escultor fue especialmente sensible al diferente valor plástico del hierro, la madera, el alabastro, el hormigón o la terracota, materiales que utilizó preferentemente.
Alrededor del vacío I es la primera escultura de un conjunto de cinco piezas en acero realizadas por el artista entre 1964 y 1969. Adquirida por el Museo de Bellas Artes de Bilbao en 1981, se trata de una de las esculturas de referencia del artista en las colecciones de la institución vasca.
Pese a su reducida escala, se concibe como una obra monumental, rotunda, que muestra una de las principales preocupaciones de Chillida: definir el espacio a través de sus límites. “El límite es el verdadero protagonista del espacio”, llegó a afirmar el escultor. Y es a través del juego con los límites que se definen los tres elementos que la configuran: por un lado, el espacio que circunda la pieza, concentrado alrededor de la misma; por otro, el de los propios volúmenes de sección rectangular (los “espacios positivos”, cargados de materia) y, por último, y tal y como su propio título indica, el del propio vacío interior, el “espacio negativo”, el cual se forja como un núcleo invisible, como verdadero eje articulador de la obra. Es en torno a ese vacío, del que emergen de forma ordenada los volúmenes, que las formas se giran y quiebran angularmente, al ritmo sincopado de una acentuada energía marcada por diversos flujos diagonales que permiten modular el espacio y generar, pese al estatismo y rotundidad derivadas del material, una sensación de sereno dinamismo, el cual, unido a la cuidada pátina de oxidación, confieren a la obra un carácter de inmutable modernidad.
La obra se expondrá en la sala 26 (2ª planta – edificio de Ampliación) hasta el próximo 4 de junio.
Vista de la exposición, Fotografía : Marcos Morilla

Vista de la exposición, Fotografía : Marcos Morilla

Vista general de la Obra invitada en la sala 26. Fotografía: Marcos Morilla

Vista de la exposición, Fotografía : Marcos Morilla

Vista de la exposición, Fotografía : Marcos Morilla
Basada en las aportaciones de Lo moderno de nuevo: Arquitectura en Asturias 1950-1965, de Fernando Nanclares y Nieves Ruiz, Premio Asturias del Colegio de Arquitectos de la región, la exposición Una edad de oro: Arquitectura en Asturias 1950-1965 dará a conocer al gran público una nueva interpretación sobre la época dorada de la arquitectura moderna asturiana, aquella desarrollada durante los años cincuenta y primera parte de los sesenta, momento en el que emerge de nuevo el espíritu moderno y renacen aquellas ideas vanguardistas que ya habían dado excelentes frutos en los tiempos de la República.
La recuperación de aquella modernidad, tras el paréntesis de la guerra española y el periodo de autarquía, no es literal, no hay una estricta continuidad estilística. Ya no hay tanta exigencia, no son tiempos de innovación sino de revisión, de adaptación a una realidad socioeconómica y cultural que ha cambiado. Es el momento de una nueva sensibilidad que se va imponiendo en las artes plásticas, en la música y en la cinematografía de la época.La tarea de renovación de la arquitectura asturiana de los años cincuenta recae en un grupo heterogéneo de arquitectos de edades y formación académica variadas que abordan su trabajo desde una visión estrictamente profesional y con gran libertad creativa. Entre ellos se encuentran Ignacio Álvarez Castelao, Juan Manuel del Busto González, Joaquín Cores Uría, Miguel Díaz Negrete, Julio Galán Gómez, José Gómez del Collado, Federico Somolinos Cuesta, Juan Vallaure Fernández-Peña y Joaquín Vaquero Palacios. Todos ellos producen una arquitectura brillante, colorista, deudora de la nueva abstracción que se abría paso en la plástica moderna, que transmite una sensación de optimismo, de cierta ligereza y desenfado, sobre todo si se compara con la que se va a realizar en las décadas siguientes, cargada de inseguridad y preocupaciones político-sociales y muy presionada por el desarrollismo consumista.
La exposición ubicada en las salas de exposiciones temporales del edificio de Ampliación, está articulada en 6 secciones e integrada por 105 paneles, 52 documentos originales, 15 piezas de mobiliario, 8 obras de arte y 1 cortometraje documental, que permiten al visitante reconstruir un imaginario (un imaginario latente, que deviene patente a través del recorrido por el espacio expositivo), y que no es otro que el de la propia arquitectura entre la que día tras día transitamos.

Vista de la exposición, Fotografía : Marcos Morilla

Vista de la exposición, Fotografía : Marcos Morilla

Vista de la exposición, Fotografía : Marcos Morilla

Vista de la exposición, Fotografía : Marcos Morilla

Vista de la exposición, Fotografía : Marcos Morilla

Vista de la exposición, Fotografía : Marcos Morilla

Vista de la exposición, Fotografía : Marcos Morilla

Vista de la exposición, Fotografía : Marcos Morilla

Vista de la exposición, Fotografía : Marcos Morilla
La Colección Cubista de Telefónica surgió con la intención de cubrir un vacío en las colecciones españolas sobre este movimiento detonante de las vanguardias y, con el paso del tiempo, se ha configurado como una completa y fundamental selección de obras que ponen de relieve la diversidad de las propuestas y técnicas cubistas desarrolladas a lo largo del tiempo. Formada en torno a la obra de Juan Gris, propone una visión complementaria a la de la historiografía tradicional -con Georges Braque y Pablo Picasso como creadores del movimiento-, en la que se incluyen además diferentes propuestas de artistas europeos y latinoamericanos afines a este lenguaje. Y es que el Cubismo fue más que una vanguardia: fue el movimiento artístico que inauguró la modernidad, además de prolongarse a través de numerosas derivas cubistas que tomaron un camino propio.
Fundado en París a finales de la primera década del siglo XX por Braque y Picasso, los límites temporales del Cubismo se extienden más allá de los años 20, cuando otros artistas se incorporan al movimiento para redefinirlo. A través de un revolucionario modo de pintar, el cubismo cambió para siempre la forma de mirar la pintura: ahora el espectador debe recorrer planos, líneas y colores, dispuestos según un ritmo propio que obliga no sólo a una contemplación sensorial, sino también a un ejercicio intelectual de reconstrucción.
La exposición, producida por Fundación Telefónica con la colaboración del Museo de Bellas Artes de Asturias, está compuesta por 36 obras y se articula en tres ámbitos: la obra de Juan Gris -diez piezas excepcionales del artista madrileño-; la visión de los otros cubismos con la obra de artistas contemporáneos a Juan Gris que trabajaron en París: Albert Gleizes, Jean Metzinger, Louis Marcoussis, André Lhote, Georges Valmier, María Blanchard y Auguste Herbin; y la expansión internacional del movimiento recogida en la presencia de artistas españoles y latinoamericanos como Manuel Ángeles Ortiz, Rafael Barradas, Xul Solar o Vicente Huidobro, entre otros. Completa el discurso una selección bibliográfica y documental relacionada con los distintos cubismos y el documental Juan Gris. Cubismo y Modernidad, del director José Luis López-Linares.
La Colección Cubista de Telefónica se podrá visitar en la planta -1 de edificio de Ampliación de la pinacoteca asturiana entre el 30 de septiembre de 2016 y el 8 de enero de 2017.


Juan Gris, La fenêtre aux collines, 1923. Óleo sobre lienzo, 95,5 x 114,5 cm

Juan Gris, La guitare sur la table, 1913. Óleo sobre lienzo, 85 x 97 cm

Juan Gris, La Chanteuse, 1926. Óleo sobre lienzo, 116 x 88,4 cm

Juan Gris, Le jardin, 1916. Óleo sobre madera, 76,8 x 57,7 cm

María Blanchard, Composición cubista, hacia 1918. Óleo sobre lienzo,49 x 43,3 cm

Rafael Barradas, Retrato de Antonio, hacia 1920-1922. Óleo sobre lienzo, 80,7 x 68,6 cm
Arte Contemporáneo Asturiano en el Museo de Bellas Artes de Asturias. Últimas generaciones es la quinta muestra que se celebra en la sala de exposiciones de La Caridad con fondos procedentes de la colección del Museo de Bellas Artes de Asturias.
En este sentido, esta exposición, polifónica, ecléctica, heterogénea y variada en cuanto a sus hebras discursivas, reúne principalmente pintura, dibujo y fotografía realizada en los últimos tiempos, con las que se pretende complementar el discurso dedicado al arte contemporáneo asturiano que puede verse en el edificio de Ampliación del citado centro, en Oviedo. Y en concreto, el consagrado a esas últimas generaciones, pobladas por artistas cultivadores de distintos géneros, registros y estilos, y por lo tanto muy difíciles de homogeneizar, pero que han demostrado reunir una serie de cualidades que permiten, aunque sea de manera general, relacionarlos entre sí. Entre ellas cabe destacar su elevado grado de formación, su interés por entrar en contacto con distintas disciplinas, su fuerte impulso experimentador y un profundo conocimiento del medio artístico regional, nacional e internacional, que ha hecho que en muchos casos su obra haya podido proyectarse más allá de nuestras fronteras. Los autores presentes en la muestra son: Mario Cervero (Oviedo, 1963), Marcos Morilla (Gijón, 1963), Gabriel Truan (Madrid, 1964), Carlos Coronas (Avilés, 1964), Paco Cao (Tudela Veguín, Oviedo, 1965), José Carlos Álvarez Cabrero (Oviedo, 1967), Guillermo Simón (Villaviciosa, 1968), Carlos Suárez (Avilés, 1969), Faustino Ruiz de la Peña (Oviedo, 1969), Pablo de Lillo (Avilés, 1969), Avelino Sala (Gijón, 1972), Federico González Granell (Cangas del Narcea, 1974), Jacobo de la Peña “Israel” (La Coruña, 1974), Jorge Jovino Fernández Fernández (Avilés, 1975), Rebeca Menéndez (Avilés, 1976), Rut Álvarez Valledor (Oviedo, 1975), Jezabel Rodríguez Asperilla (Oviedo, 1977), Pedro Fano Muñiz (Oviedo, 1977), María Vallina (Langreo, 1978) y Hugo Fontela (Grado, 1987).
A través de la selección de la veintena de obras aquí expuesta puede apreciarse cómo estos creadores han profundizado en su discurso a través de la práctica de disciplinas que podríamos considerar clásicas, como son la pintura, el dibujo y la fotografía (frente a otras territorios artísticos más novedosos como el vídeo o la instalación), pero problematizando muchas veces estas desde el punto de vista de su naturaleza y esencia. En el caso de los nacidos en la década de 1960 se aprecia especialmente la primacía de la pintura por encima de otras modalidades, con obras encuadrables en el campo de la abstracción lírica y geométrica, así como en una figuración de variados registros. Mención aparte merecen también aquellos que han trabajado un concepto “ampliado” o “expandido” de esta disciplina, basado en la transformación y manipulación de soportes y técnicas. Por último, los creadores de la generación nacida en las décadas de 1970 y 1980 también utilizarían en sus discursos recursos como el mestizaje, el reciclaje, la hibridación, la contaminación, las técnicas de postproducción y la apropiación histórica, tan habituales, por otra parte, en el devenir artístico de los últimos años.

Paco Cao, Top Model, 1993. Electrografía sobre tela y acetato, tuercas, tornillos y costuras, 81 x 61 x 8 cm.

Federico González Granell, En la playa, 2001. Óleo sobre papel, 1000 x 700 mm.
Museo de Bellas Artes de Asturias
Esta muestra, organizada por el Museo de Bellas Artes de Asturias, se puede visitar en la sala de exposiciones de La Caridad entre el 24 de septiembre y el 6 de noviembre de 2016.
El Museo de Bellas Artes de Asturias continúa durante el último cuatrimestre de 2016 su programa de PROYECTOS ESPECÍFICOS realizados por artistas contemporáneos en la pinacoteca.El esta ocasión será el artista Francisco Fresno (Villaviciosa, 1954) quien intervendrá en el patio y sala de exposiciones del Palacio de Velarde entre el 25 de octubre de 2016 y el 22 de enero de 2017. Escultor, pintor y grabador, su obra ha estado marcada desde sus orígenes por el contacto con la naturaleza, de la que recoge un sentimiento panteísta que le lleva a una percepción de la realidad transcendente y unitaria.
A continuación el propio artista presenta el proyecto, titulado Hacia la luz. Hasta la ausencia:
“Hace unos meses participé en la exposición colectiva Cajas, celebrada en el Museo de Bellas Artes de Asturias y comisariada por su director, Alfonso Palacio, y el ceramista Manuel Cimadevilla, que fue quien nos guió a los diez participantes con las técnicas de la cerámica y sus posibilidades para adecuarlas a nuestros intereses artísticos. En este proyecto tuve mi primera experiencia con la porcelana, un material sumamente frágil antes de su cocción, y muy fácil de pulir, casi como la tiza.
Con tales antecedentes he concebido la actual exposición, pero he de confesar que en este caso la idea ha derivado de la vivencia con el material mismo, de la atracción por su fragilidad, por la concentración que exige el pulido con el consiguiente vaciamiento mental durante el proceso, una liberación del pensamiento a través de lo psicomotriz, un ser y estar en blanco, en el blanco de las hojas de porcelana, tanto en el que se va adelgazando y tomando forma al pulirlo como en el que literalmente se sublima como polvo residual en vuelo.
En otra ocasión escribí que “quizá el alma de las cosas que buscamos con el arte se encuentre más fuera que dentro de ellas -entre ellas-, en ese exterior que es a su vez el interior común de su revés”, el espacio que las comunica y separa entre los límites de sus formas.
Recuerdo una experiencia de hace años, en la que me quedé mirando una columna blanca de mi estudio, aislando mi atención de todo lo demás. La forma cilíndrica de la columna graduaba la luz que se deslizaba sobre su superficie curva, resaltando la textura. Mi mente y mis ojos se fundían en ella. No había distancia entre ambos, era como ser y estar en lo otro, y viceversa: una forma de comunión y de conciencia de existir en lo que revelaba la luz.
Similar ha sido la experiencia y la atracción con la pasta de porcelana, con las hojas blancas en la palma de la mano, hermanadas con ella en su escala, con sus caras cóncavas y convexas, y también con la similitud de las huellas de las nerviaciones como líneas de la vida. Hojas frágiles en las que la fragilidad no se somete, pues exige sin imponerse. Hojas con destino: las que han de romperse se rompen como aviso ante cualquier intención de dominio. Hojas que permiten un fácil desgaste, y que en tal proceso van cubriendo el césped sobre el que cae su polvo blanco, pero como si en vez de polvo acumulado fuera una luz irradiada por lo terrenal.
En este caso, el discurrir ha sido el discurso, no discurso como idea teórica sino como vivencia con lo que literalmente tenía entre manos, vivencia en contacto con la naturaleza, desnudo sobre mi césped norteño, o junto a la orilla del mar Mediterráneo, escuchando la llegada de las olas sin ignorar mientras tanto que La ola es el mar (Willigis Jáger), igual que el blanco de las hojas es la recepción de la luz que ilumina el espíritu de la materia”.
Más información sobre el artista en: http://franciscofresno.blogspot.com.es







En este caso, la presencia será doble, al exponerse no una obra sino dos, procedentes ambas de sendas colecciones particulares y las dos inéditas. Se trata de una Arqueta japonesa estilo Namban, datada hacia 1600-1630, y de una Arqueta virreinal peruana de barniz de Pasto, realizada en la segunda mitad del siglo XVII.
Hace aproximadamente cuatro siglos se elaboró en Japón un tipo de objetos lacados llamados “laca Namban” destinados exclusivamente a los primeros europeos que comerciaron con dicho país, que fueron los portugueses y españoles. Eran pequeños muebles, sobre todo arcas y arquetas, decorados intensamente con motivos dorados y nácar ajustándose al gusto de los clientes. Una parte importante de ellos viajaron a Manila y posteriormente el Galeón de Manila los transportaba a Nueva España, y desde allí se distribuían por América virreinal y España, dejando influencias en las artes americanas. Así se desarrolló en el virreinato de Perú un arte llamado “barniz de Pasto”, que comparte características con la laca Namban.

Arqueta japonesa estilo Namban, c. 1600-1630, colección particular

Arqueta virreinal peruana de barniz de Pasto, segunda mitad del siglo XVII, colección particular
Las dos obras invitadas, una arqueta de laca Namban y otra de barniz de Pasto son claros testigos de este interesante intercambio cultural. La Arqueta japonesa estilo Namban es una caja prismática de madera ligera con tapa en forma de medio cañón, decorada toda ella con varias capas de laca japonesa urushi de color negro sobre la que se desarrolla una decoración bastante tupida a base de sencillas plantas, característica habitual del estilo Namban. La decoración está realizada mediante la combinación de distintas técnicas, como la de maki-e plano, que consiste en espolvorear finas partículas de oro o plata sobre los dibujos realizados con la laca urushi fresca, la cual sirve de adhesivo; el harigaki, que consiste en rascar con una herramienta puntiaguda finas líneas después de realizar el maki-e cuando la laca está aún fresca y no consolidada y, por último, el tsukegaki, por medio de la cual se añade con un pincel fino detalles como los nervios o pistilos de las flores. En cuanto a la Arqueta virreinal peruana de barniz de Pasto, también de cuerpo prismático y tapa en forma de bóveda de cañón, está elaborada con el barniz de Pasto, sin relieve, sobre madera y superponiéndose finísimas láminas semitransparentes obtenidas de la resina de mopa-mopa. Su decoración, muy rica, es una verdadera fusión de motivos autóctonos americanos, asiáticos y eruditos llegados de España. En cuanto a la técnica, aparte de aplicarse una rica gama cromática, se recurre a insertar finas láminas de plata batida entre las láminas vegetales, las cuales, combinadas con la lámina superpuesta de distintos colores, crean un intenso brillo sumamente atractivo. Cinco caras de la arqueta están decoradas tupidamente con elementos vegetales, animales y figuras humanas con una disposición más o menos simétrica sobre un fondo negro. Bandas de color crema decoradas con la alternancia de ramilletes y botones florales recorren por los bordes formando marcos. Los contornos de los motivos decorativos y sus detalles están realizados adhiriéndose finísimos cordones o hilos de mopa-mopa.
El Programa La Obra invitada tiene como misión traer al Museo de Bellas Artes de Asturias durante un periodo de tres meses destacadas obras procedentes de coleccionistas particulares o de otras instituciones nacionales e internacionales que contribuyan a reforzar el discurso de la colección permanente, bien porque permitan profundizar en aspectos ya contemplados por la colección, bien porque permitan cubrir lagunas que en ella puedan detectarse.
En este caso, la presencia será doble, al exponerse no una obra sino una pareja de bustos realizados por el escultor José Gragera: José Francisco de Uría y Riego (1862) y Gaspar Melchor de Jovellanos (1863), procedentes ambos de la Junta General del Principado de Asturias.
El escultor José Gragera y Herboso (Laredo, 1818 – Oviedo, 1897) tuvo su primera formación cultural y artística en Oviedo, a donde se trasladaron sus padres siendo él un niño. Posteriormente continuó sus estudios en Madrid, en la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando. En 1854 obtuvo su primer éxito a nivel nacional al vencer el concurso para realizar la estatua de Mendizábal, con motivo de cuya fundición viajó a París en 1856-57. A su regreso se convirtió en restaurador de escultura en el Museo del Prado y, a partir de 1869, en subdirector. Excelente retratista, suele citársele como autor representativo de la escultura romántica española, aunque su romanticismo reside más en el espíritu que en la forma, caracterizándose su producción por las referencias clásicas, que se unen a un contenido sentimiento. Su estilo, sobrio y majestuoso, huye de toda posible afectación, reflejando la serenidad de los retratados.
Estos dos bustos, encargados de manera conjunta al artista en 1862, mantienen una serie de características formales comunes, además de similar solución para el pedestal. Ambas son representaciones en mármol, frontales, de busto largo, en las que se representa al retratado de modo sobrio, contenido, con un modelado firme y ligeramente idealizado, aunque exaltando los rasgos humanos de mayor valor iconográfico, aquellos que permiten definir e identificar al personaje. Inmortalizados como hombres ilustres, como modelo de virtud, se les dota de un carácter heroico mediante la capa, de marcados pliegues, recurso de uso habitual en la escultura de este periodo que contribuía a dar dignidad y prestancia al personaje. El de José Uría y Riego (Cangas del Narcea, 1819 – Alicante, 1862) fue encargado por el Principado tras la muerte de este y como honra al político asturiano. Inspirado en fotografías y retratos de la época, consta que el escultor terminó la pieza, seguramente aún en escayola, en el mes de noviembre, y que realizaría también una segunda versión para la familia del político. Por su parte, para el de Gaspar Melchor de Jovellanos (Gijón, 1744 – Puerto de Vega, Navia, 1811), que Gragera firmaría un año después, probablemente se inspiró en el retrato que realizó del ilustrado en 1809 Ángel Monasterio.
La presencia de estas dos esculturas en el Programa La Obra invitada del Museo del Bellas Artes de Asturias se enmarca dentro de un amplio proyecto de colaboración firmado entre la Junta y el Museo en mayo de 2016.
